“Todos íbamos en ese tren”

“Todos íbamos en ese tren”

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Hoy hace 10 años que el horror hizo bella una ciudad, más bien a sus ciudadanos, hombres y mujeres que se dejaron la piel por salvar vidas cercenadas por la parte más fea del ser humano. Porque la humanidad es así, una cara oscura y espantosa que cuando se muestra ayuda al instante a que aparezca el otro lado claro hermoso.

Aquel día en Madrid se vivieron situaciones emotivas, hubo miedos, dudas, esperanza, falta de entendimiento, y ciudadanos anónimos que ayudaron sin descanso a trasladar heridos, acompañar enfermos, asesorar familiares…

A pesar de tan bellos gestos, hoy es un triste aniversario porque las tragedias, aunque muestren su lado bueno, no dejan de ser tremendamente dolorosas.

Días después de aquello, yo escribí una especie de cuento, supongo que por no habérseme ocurrido hacer nada mejor. Lo había olvidado, hasta hace unos días que empecé a oír hablar del “décimo aniversario del 11 M”. El reportaje de Informe Semanal del pasado sábado me trajo a la cabeza esa sensación de aturdimiento provocada por una explosión.

No tiene ninguna pretensión y aunque lo he recortado un poco sé que es demasiado largo para un post, pero he decidido traerlo aquí simplemente porque sí, porque hoy es un día para recordar y yo me he acordado de que algo muy grande y muy feo puede sacar lo más bello de las personas.

Siempre tengo la misma sensación. Es como la falta de gravedad en línea recta. Sentada en el sentido de la marcha, el espacio y el tiempo se alían a mi favor, embriagándome. Recorro metros a toda prisa. La velocidad aumenta, los árboles se disputan el primer puesto en sentido contrario. Es un sabor de libertad tan placentero que a veces, cuando llego al destino, tengo que cerrar los ojos para “despertar” y volver a la realidad.

Esa mañana, estaba tan ebria de movimiento contrario que tardé un instante en darme cuenta que sólo yo seguía camino. Sin tiempo, sin marcha, como catapultada en paralelo a las vías del tren, sin resistencia de aire, sin sonido. Avanzaba entre los vagones, dejando atrás ventanas, sillas, puertas. Salí por la cabecera de la máquina sin ser molestada por nada ni nadie.

Fuera continuaba mi velocidad sin sentido. Iba a toda prisa a ningún sitio. Cada vez más rápido, siempre con más camino por delante. Casi a punto de llegar y nunca cerca del final. Iba yo sola. La gran cantidad de gente agolpada en el vagón me había abandonado. Bueno, les había abandonado yo a ellos, porque yo era la que continuaba mi marcha sin contar con nadie. Lo que fuera felicidad comenzó a desvanecerse al tomar conciencia de mi abandono al espacio tiempo. Del éxtasis reconfortante, pasé al pánico. Se apoderó de mí la sensación de vacío, de angustia. Noté la boca seca, las axilas mojadas. Segundos antes de perder el control, desperté.

Estaba a unos metros de mi asiento, casi sellada con un montón de gente alrededor de mí, trozos de plástico y cristales rotos. Había sangre aquí y allá, incluso una mano, sola, buscando quizá dónde agarrarse.

Bien, pensé poniéndome en pie de un salto, pues estaba sentada en el suelo del vagón, hay que salir de aquí. Ahora. Mi dirigí a toda prisa a una puerta, ventana, agujero, un espacio abierto en definitiva, difícil de adivinar con qué se correspondía. Casi por casualidad caí en la cuenta de que no oía nada, todo era silencio. Parecía que me había quedado sorda, porque veía hombres y mujeres gesticular, moverse como podían, llorar.

Había una inequívoca actividad de caos, bolso que cae, reloj deslizándose, trozo de techo que avanza despacio hacia el suelo sin atreverse a caer. Aquello tenía que tener volumen, pero yo no oía nada, el silencio era completo. ¿Estaría sorda?

Lo que estaba viendo parecía el resultado de una explosión, y recuerdo cómo mi madre me dijo una vez que cuando ella era pequeña, durante la guerra, su madre, mi abuela, la ponía un palo entre los dientes cuando bombardeaban el pueblo, para que no cerrase la boca y no le reventasen los oídos. Quizá yo tenía la boca cerrada cuando explotó el tren, además llevaba los cascos puestos. ¿Y mi bolso? Antes de salir a las vías, casi al andén, doy media vuelta en su busca.

El silencio sigue, evidentemente me han reventado los oídos. El espectáculo también continúa, una chica avanza sin piernas, sin pies en realidad, porque se le ve un trozo de pantorrilla. Una mujer mayor intenta despertar a otra más joven sacudiéndole los hombros a la vez que trata de quitar un amasijo de hierros que hay sobre sus piernas. Un hombre con traje tiene la cara ensangrentada y se la tapa con una mano mientras con la otra parece buscar el camino. Quizá le hayan reventado los ojos, como a mí los oídos, por eso no ve. Y yo no quiero seguir viendo este espectáculo. ¿Mi bolso? ¡A la mierda!  Tengo que salir de aquí. Escapar.

Llego al andén, subo las escaleras, atravieso el hall, sigo subiendo, dejo atrás luces, papeleras, gente preguntando absurdamente ¿qué ha pasado? ¿Qué ha sido eso? ¡Dios mío! ¡Mi hijo! ¡Mi padre! ¡Mi madre! Yo sigo mi marcha. Nadie me entorpece. A pesar del caos que hay, es como si no fuera conmigo, nada de lo que le sucede a esa gente me importa, sólo quiero salir de allí. Yo tampoco sé lo que ha pasado, pero sé que necesito aire, luz, ruido. Daría mi sueldo por un ruido.

Por fin en la calle. El caos continúa también aquí. Montones de personas marchan en dirección contraria a la mía, muchos a izquierda, a derecha, en zigzag; algunos no saben dónde ir, vienen y van como si no tuvieran más camino, mientras que el mío es claro, nadie me detiene, nadie tropieza conmigo. Un poco más, todavía no noto el frescor del aire, iré un poco más lejos.

morrissey

Está lloviendo pero no me mojo. Con esta lluvia tan fina, probablemente, cuando quiera darme cuenta de que estoy mojada, tendré caladas hasta las bragas. Todavía hay follón, un poquito más adelante. El instituto. Recuerdo que aquí cerca había un instituto. Yo fui un año, Hace tanto de aquello. Pero seguro que está tranquilo, o a lo mejor no, no lo sé. Da igual, no puedo seguir, estoy cansada. Además no voy a encontrar nada más tranquilo, todo el mundo está histérico.

Me dejo caer junto a unas verjas, bueno, en realidad las verjas están sobre la piedra en la que apoyo la espalda, o algo similar, no sé, poco importa. Nadie me ve, nadie me mira, nadie me siente. Es justo lo que necesito, tranquilidad, descansar los párpados, pensar… Y ruido, un poco de ruido. Vienen ambulancias, las veo y las siento, ¡qué curioso! No las oigo. Hasta hoy las ambulancias eran sirenas (niiiii-noooooooo, niiiii-nooooooooo…), si hubiera tenido que describirlas sólo hubiera sido capaz de hablar de su sonido, y sin embargo ¡qué fácilmente identificables son aunque no hagan ruido! Mejor dicho, aunque lo hagan y yo no lo oiga.

Ya estoy más tranquila, respiro profundamente, no entiendo nada pero estoy tranquila. Como si lo único importante en este mundo fuera yo, relajada y salvada, extiendo los brazos al frente y me analizo con despreocupación. Tengo los dos pies, las dos manos con sus dedos ¡¿y los de los pies?! ¡¿Tengo los dedos de los pies?! De repente me da una angustia terrible. Necesito ver los dedos de mis pies. Alguien me dijo una vez que después de un accidente hay que tocarse bien todo el cuerpo y comprobar que no nos ha pasado nada, que efectivamente estamos ilesos, porque en muchas ocasiones la adrenalina nos hace creer que estamos enteros y a lo mejor nos falta un brazo, aunque lo seguimos sintiendo.

Zyllan Fotografía

Por eso compruebo que no me falta nada. Pero esta maldita bota no sale, ¡ya está! 1, 2, 3, 4, 5. Sí, están todos, también en este pie. Tengo la nariz, las orejas, los ojos… A ver, con el izquierdo veo bien, con el derecho… Estoy entera, sólo falta ruido.

Con la cabeza apoyada en la pared, cierro los ojos, me relajo. Estoy cansada. Necesito dormir, olvidarme de todo. Empiezo a notar una sensación similar a la de cuando te sumerges en una bañera de agua caliente, un estado de placer, abandono…

¡Dios!!!!

¡Ha explotado un tren! ¡Iban cientos de personas en ese tren! Y a mí no me ha pasado nada, he salido corriendo y he dejado allí a todo el mundo. He dejado allí ¡¡¡a mi madre!!!!

Levanto mi culo del suelo y empiezo a correr, pero esta vez sin respiro, con zancadas rápidas y enormes, elevando las rodillas, moviendo los codos. Tengo que llegar como sea, no me puedo quedar sin hacer nada, hay cientos de personas ahí dentro, entre hierros y cristales, con asientos por encima, calcinados o en aleación con el vagón. ¡Señor ¿cómo he podido ser tan egoísta?! ¡Dios mío ayúdame a llegar! Mamá, ya voy, espérame! Aún no me he ido, estoy aquí, estoy allí.

Paso entre la gente, cruzo las cintas que están empezando a poner, hay policías impidiendo que las personas entorpezcan los servicios de ayuda pero a mí no me detienen. ¡Qué rapidez! ¿Cómo es posible que hayan llegado en tan poco tiempo tantos servicios, SAMUR, policía local y nacional, si acaba de ser el… ¿Accidente? ¿Habrá sido un accidente?¿Qué habrá pasado? ¿Un atentado? No sé. Yo sigo corriendo, pero parece que ahora el camino es más largo. A pesar de que corro con todo mi ser, creo que no voy a llegar nunca.

M.Peinado

Bajo las escaleras de dos en dos, llego al andén y corro a las vías, a la entrada del tren en la estación, a los cachos rotos por donde están sacando cuerpos, o restos más bien. Se oyen chillidos y llantos desgarradores. ¿Se oyen? Presto atención. No, no oigo nada. ¿Entonces? Lo siento, sí, eso es, veo cómo la gente se revuelve, abre la boca, llora e implora y yo siento esos sonidos, pero no los oigo.

No importa, tengo que hacer algo, tengo que buscar a mi madre, igual ella me está buscando. Íbamos juntas porque hoy le tocaba estar a las 8 en la casa de la de la calle Goya. Sólo iba los martes, los demás días se quedaba en casa. Hace casi diez años que dejó de trabajar, está jubilada y cobra su pensión que si no le da para grandes lujos sí para mantenerse con desahogo. Pero los martes sigue yendo a casa de doña Amparo (la de Goya), más que nada por hacerle compañía. No sé si eso es amistad o no, pero el caso es que ese martes mamá no llegaría a su trabajo porque el tren había explotado.

Sí, el tren había explotado, y yo había salido corriendo, no había pensado nada más que en mí. Me estaba empezando a faltar el aire, la angustia que provocaba mi remordimiento me agobiaba. ¿Dónde estaría mi madre? ¿Habría salido a buscarme? ¿Estaría atrapada entre esos amasijos que no dejaban ver a nadie? El aire había dejado de ser transparente, lo que no ayudaba mucho. No sé si lloraba o no, pero la sensación era de estrechez de garganta, falta de oxígeno e impotencia. Y mi madre no aparecía. De repente caí en la cuenta. Buscaba donde se supone que estábamos sentadas, pero yo había despertado varios metros desplazada, pegada a la puerta de entre trenes

¡Bien! Allí estaba, mi madre, medio tumbada en el suelo con la cabeza vuelta hacia su regazo. No podía verme, así que corrí hacia ella.

-¡Mamá, mamá, mamá!

No me oía ¡qué horror! Tampoco ella oía.

– Mamá ¿estás bien?¿Te duele algo? ¿Tienes todo?

No reaccionaba a pesar de que la zarandeaba. Seguía ahí, medio recostada, acunando algo o alguien. Me puse frente a ella a ver si conseguía que me viera.

-Mamá, soy yo, ¿te encuentras bien? Dime algo ¿qué sucede? Vámonos de aquí.

p.s.v.

Me estaba empezando a desesperar cuando por fin me miró. Empecé a tocarla y a observarla. Tenía sangre en una ceja, por lo demás parecía estar bien, aunque su mirada extraviada decía que no me reconocía y que poco le importaba salir o no de allí. Fue entonces cuando me fijé en la persona que tenía en sus brazos y a la que mecía su cabeza porque el resto del cuerpo, desde la cintura para abajo, estaba atrapado entre sillas y hierros. Mi madre lo abrazaba como podía desde el pecho e intentaba recostar su cabeza entre los suyos.

– Mamá, mamá ¿te encuentras bien? – repetí varias veces, probablemente para no mirar la persona que había entre sus manos.

Era una mujer de unos 30 años, su largo pelo rizado caía por el brazo de mi madre dejando al descubierto casi medio rostro húmedo y ennegrecido, y una oreja manchada de sangre. Estaba muerta, supongo que del impacto sobre la mitad del cuerpo, o tal vez del golpe en la cabeza que debió recibir al chocar contra la cabina del tren. No creo que fuera por reventarse los oídos, que yo sepa de eso no se muere uno. Mi madre ya no la mira, aunque la sigue acunando, tiene la vista fija en el infinito y de sus ojos caen lágrimas sin esfuerzo, despacio, una a una, llora sin parpadear y sin hacer casi ruido, murmurando:

-Mi hija, mi hija…

Y eso lo oigo.

rubenvike

Silencio, 2004

1 comentario

  1. Ya diez años de aquel triste día, como ha pasado el tiempo y el recuerdo de lo sucedido sigue tan vivo.
    Un cuento triste que emociona. Cuantas personas inocentes sufrieron aquel día por culpa de unos descerebrados, cuantas aun siguen sufriendo a consecuencia de esos actos violentos. Si creen que inmolándose y haciendo mal a los demás derramando sangre van a alcanzar la gracia divina que equivocados están. La violencia no es el camino!

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